domingo, 23 de octubre de 2011

Paul Valéry: El cementerio marino

El cementerio marino se publica por primera vez en  La Nouvelle Revue Française en 1920. Fue Jacques Rivière quien consiguió que Valéry le entregase el manuscrito para su publicación, cuando el poema estaba, según palabras del propio autor, en uno de sus “estados” (de revisar, suprimir, retocar). Gracias a la intervención de su amigo, quedó así “accidentalmente plasmada la imagen de esta obra.” (Para Valéry, todo lo realizado es perfectible). Posteriormente, en 1922, se incluirá el poema en su libro Charmes.
De nuevo el autor comenta que el origen del poema está en una figura rítmica decasílaba, que le sugirió una estrofa de seis versos. Entre las diversas estrofas se producirían los contrastes y correspondencias. Se organiza así el poema como un monólogo del yo en el que aparecen los temas más constantes de la vida afectiva e intelectual del poeta. Para Valéry, los condicionamientos de la forma son la expresión de la conciencia de que poseemos medios, pero también de sus límites y defectos.
La obra, para su estudio, se ha dividido tradicionalmente en varias partes. En la primera se plasmaría la Inmortalidad del No-Ser. De ahí ese “techo” (mar inmóvil) situado entre los pinos y las tumbas, marco de ese cementerio desde donde el poeta observa y reflexiona. El sol de Mediodía es rotundo. No obstante, introduce un elemento de cambio: “el mar siempre recomenzado”. La inmovilidad, lo absoluto, están en esos “trabajos puros de una eterna causa”; aunque otra vez aparece el contraste en esos diamantes de espuma que se crean y desaparecen.
El silencio habita también en el alma. Las imágenes arquitectónicas abundan: edificio del alma, templo de Minerva, techo cubierto de oro. El ojo es el guardián del alma “bajo un velo de llamas”. Ante el alma se alza el Templo del Tiempo. Observa, en éxtasis,  desde ese “lugar puro”, metáfora de lo absoluto. Mas su ofrenda a los dioses, como el centelleo del mar (símbolos de lo perecedero), no provoca en ellos sino la ignorancia.
Una segunda parte trataría los temas de lo efímero, del Ser mudable frente a la Nada inmutable. La fruta se deshace y desaparece al igual que el alma: “aspiro mi futura humareda”. El concepto de transformación está presente en ese “cambio de la orilla en su rumor”. Abandonado al espacio desde donde observa, su sombra le someta a la mudanza. La luz es implacable (“sin piedad”), pero siempre le acompañará una mitad en sombra, la materia.
Absorto (“para mí, en mí solo, en mí mismo”), contemplando ese momento esencial (“entre el vacío y el suceso puro”), espera el nacimiento de la poesía (“fuente del poema”), de ese sonido de un hueco futuro cuyo origen está en esa “amarga y oscura cisterna”.
En un nuevo bloque, una serie de estrofas describen la relación entre la muerte y la inmortalidad (negadoras del cambio de la vida). Ante ese mar que parece “cautivo de las frondas”, piensa en el cuerpo atraído por la  “tierra ósea” (acertada y original imagen del osario). Le gusta ese lugar, ese cementerio rodeado por las antorchas de los cipreses, desde donde contempla cómo “el mar fiel duerme aquí sobre mis tumbas”. “El futuro es pereza”, la total inmovilidad de la muerte. Todo ha ardido y ha sido absorbido “por no sé qué cruel esencia”. La vida sería extensa, mas vacía, si se estuviera “ebrio de ausencia”, es decir, si se careciera de la conciencia de la muerte.
El Mediodía, inmóvil, parece reinar, pero el hombre es “la secreta mudanza”. Ese hombre que, con sus dudas, anhelos, arrepentimientos, es el defecto del diamante de lo absoluto, a quien sí pertenece el pueblo de los muertos. La melancolía por lo perdido se concluye en que “la larva hila en las fuentes del llanto”. Continúa con el recuerdo de las niñas y sus gritos, de la belleza femenina, mas “¡todo se entierra y al juego retorna!” (En estos versos, enfrenta la sensualidad a la muerte implacable). Incluso el alma huye, pues es porosa para lo eterno que la absorberá; ni siquiera podrá cantar cuando sea sólo vapor.   
El poeta arremete contra la inmortalidad “negra y dorada”, tenida por consuelo, y que  incluso presenta a la muerte como un seno maternal. Pero quién, conociéndolos, no rechaza a ese “cráneo hueco” y a esa “risa eterna”.
En las últimas estrofas, afirma el triunfo de lo instantáneo, de la movilidad y el cambio. El gusano, verdadero e irrefutable, no es el que devora a los muertos (“durmientes bajo losas”), sino el que roe al poeta, viviendo de su vida; es la conciencia incesante. Ese gusano roedor “ve, quiere, sueña, toca”, no le deja ni siquiera en el lecho, donde –afirma– “vivo de pertenecer a este viviente”.
Introduce Valery una estrofa que supone un contraste con todo lo que lleva reflexionando en las anteriores. ¿Y si todo no es más que una ilusión? Para ello acude a Zenón, el “cruel Zenón de Elea”, para el que el movimiento no era sino pura ficción, ya que la flecha no se movía, ni Aquiles alcanzaba a la tortuga: “¡Qué sombra de tortuga / para el alma, Aquiles quieto a zancadas!”.
Pero la voz poética sale de sus dudas: “¡Rompa mi cuerpo esta forma pensante!” Será el cuerpo el que acabe con las elucubraciones del pensamiento extático que le intenta atraer para conducirlo a la Nada. Pero se rebela: “¡Beba mi entraña el viento naciente!” Es de nuevo lo corpóreo lo que le inclina a la vida. El poeta corre a saltar vivo en las ondas de ese mar que le trae la frescura.
Es ese gran mar, “piel de pantera y clámide horadada”, que se muerde la cola (símbolo de lo finito), quien le señala la vida, “en un tumulto símil al silencio”. Hay que vivir. El libro palpita al aire (victoria también de la creación poética), la ola rompe contra las rocas. Canta el poeta a las olas, a las aguas gozosas que quiebran ese techo inmóvil del mar. Por tanto, triunfo de lo momentáneo, de lo mudable, sobre lo intemporal e inmóvil. En este desenlace enfrenta al hombre con la eternidad, a la vida con la Nada.
Es cierto que se trata de un poema meditativo, reflexivo, pero no por ello deja de lado las cuestiones vitales; es más, lo esencial es precisamente la afirmación de la existencia, del cuerpo vivo frente a la rigidez de lo absoluto, que es tanto como decir la muerte. Por ello, aunque, en un principio, el hombre quisiera fundirse con el No-Ser en el éxtasis, el cuerpo le impulsa a rebelarse. Cuerpo sin el que el alma no es nada. A ésta le asiste como aliado el mar, que es un símbolo de la conciencia. El sol, por el contrario, es un símbolo de lo absoluto, del No-Ser. Y, aunque la vida sea frágil y se deshaga como una fruta, es el tesoro que poseemos. El hombre, con sus limitaciones y defectos, con su finitud,  contra la inmortalidad y eternidad divina.
No obstante, no puede haber sino aproximaciones a un texto, las interpretaciones son falibles y limitadas, pues como diría el propio Valéry: “No existe el verdadero sentido de un texto. Ni la autoridad del autor. Sea lo que sea lo que haya querido decir, ha escrito lo que ha escrito”.

© Copyright Rafael González Serrano

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