martes, 24 de mayo de 2011

Marina Tsvietáieva: Poema del fin

Entre la obra de Marina Tsvietáieva, el Poema del fin es una de sus obras mayores; tanto por extensión como por forma expresiva o por contenido. En él plasma buena parte de sus concepciones vitales y de sus experiencias y sentimientos más hondos. Siendo un poema inspirado en una pasión amorosa, no es sólo un poema de amor, sino que es un inmenso esfuerzo por abarcar y comprender la totalidad del ser humano en su compleja ambivalencia.
Vislumbra, en el inicio, que “el cielo está oxidado”. Son negativos esos presagios de herrumbre y hojalata. Y es que, en su compleja red de significados, el agua, el mar son sinónimos de destrucción, de acabamiento. Por ello, no cabe esperar más que el derrumbe de la casa. La casa, la montaña, son símbolos de lo deseado; y una casa en la montaña alegoriza el todo, si bien que imposible. Pero también la casa es “salir a la noche”. Y a pesar de que el agua es una “franja /de acero cadavérico” aferrarse a ella, porque el agua es fiel como lo son los muertos. Hay una constante identificación de la casa -que atraviesa todo el poema- con el alma.
Las elipsis, los saltos temáticos, los diálogos entrecortados, estructuran un desarrollo narrativo a la par que lírico. Rompe el ritmo con los guiones que fragmentan el sentido u ofrecen dudas por respuestas: “¿No es el amor el arco / tenso  de la ruptura?”; o, “-El amor es el nexo / de la boca y la vida”. Para al final no ser, para que el uno para el otro no sea sino sombras. Pero no se llora, “aunque crujan los dientes”; se bebe. Aún se lanza un deseo, “¡dormir!”, y se pregunta: “¿vamos hacia la casa? / ¡por última vez!”. Un último puente: el del oro pagado a Caronte. Un puente al que se apela, que “está con nosotros”; un puente sin final, sin fin.
Las referencias son múltiples y constantes. Ya sean literarias (commedia dell arte), mitológicas Caronte, la Arcadia), históricas (Cesar), bíblicas (Eva, Salomón, el David que deja a Jehová). Entre esos referentes están sus variadas obsesiones. Pero además sustenta su obra la lucidez, su rechazo a toda fe impuesta, o su experiencia de exilio (En Checoslovaquia). No debe olvidarse que la poeta es una víctima más de un represivo sistema totalitario, que perecieron víctimas del poder absoluto marido e hijos, y que ella misma, tras ser sometida a un feroz acoso, acabará suicidándose.
Todavía resistirse a la separación -aunque “quien separa, divide”-; pensar que “estamos fundidos”, si bien que “con un corte neto” se pierda para siempre esa fusión. E introduce un tema de salvación. “El amor es sutura”. Así que “por mucho que se rompa”, “el hilo vive”. Y desarrolla una agudo paralelismo: cuando todo se ha perdido no quedan sino suburbios, ya no hay ciudades (aquellas anheladas ciudades sobre las montañas). Se está ya afuera, y la vida se torna “un barrio judío”. Porque “en el mundo cristianísimo, / ¡los poetas son judíos!”. (Marginalidad del poeta en el mundo).
Vuelve luego a retomar, con diferente propuesta, el motivo del llanto: “Llora y recobrarás / la perdida vergüenza”. Porque las lágrimas son “dos suturas / veo a través de la lluvia”, insistiendo en la sutura como fundamento de una unión. “La unión es más estrecha / que la atracción y el lecho”. El afán de fusión es más fuerte que la carne, surge un ansia de eternidad  (alusión al Cantar de los cantares). Está presente también el inconsciente: fusión de lo espiritual y lo onírico. No en vano su poema se desliza entre la idealidad y el sueño, sin por  ello dejar de lado una interpretación consciente de lo real. “Cuando se llora juntos, / ¡el llanto es más que un sueño!”. A pesar de todos los anhelos, la lucidez se impondrá para concluir: “Entre las huecas olas, / encorvado en la niebla -/ sin huellas, en silencio -/ igual a un hundimiento”. Naufragio, mar, fin.
Es imposible apuntar la multiplicidad de referencias -y sugerencias- de cada parte (se encuentra dividido el poema en una especie de catorce cantos). Habría que ir verso a verso, y no se agotarían. Cada estrofa, cada canto, posee su ritmo; a veces más premioso otras más trepidante. El tono siempre desgarrado, sin ceder en la tensión, muestra el gran esfuerzo llevado a cabo en la escritura, tanto en la elaboración formal como en el fondo de lo tratado. El desarrollo, obsesivo e implacable, nos arrastra hacia un final: la imposibilidad del amor. Eso ocurre al llegar a donde todo se apaga: contraposición, una vez más, irresoluble entre la llama y el agua, entre la montaña y el mar (constantes alegóricas en su obra). Sólo restaría una posibilidad, un estado de gracia, el de una fusión más allá de la vida misma. ¿En lo inmaterial? ¿En el sueño?

© Copyright Rafael González Serrano

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