viernes, 6 de noviembre de 2015

Paul Claudel: Cinco grandes odas (y 2)

Magnificat se sitúa en el centro del libro y es una gran celebración de Dios, elevando el poeta hacia Él un cántico de reconocimiento, a la par que un rechazo de todos los falsos ídolos: “Bendito seáis, Dios mío, que me habéis libertado de los Ídolos, / Y que hacéis que no adore más que a Vos sólo, y no a Isis y a Osiris, / O la Justicia, o el Progreso, o la Verdad, o la Divinidad, o la Humanidad, o las Leyes de la Naturaleza, o el Arte, o la Belleza.” El deber poético consiste en hallar a Dios en todas las obras y hacerlas asimilables al Amor, que es vida: “¡No está muerto quien vence la vida, sino que vive quien destruye la muerte!... Pues la imagen de la muerte produce la muerte, y la imitación de la vida / La vida, y la visión de Dios engendra la vida eterna.”
También en esta oda celebra Claudel el nacimiento de su hija María. A través de la conversión Dios le ha librado de sus enemigos –“¡Permanece conmigo, Señor, porque la noche se aproxima! /…/ ¡No me relegues con los Voltaire, y los Renan, y los Michelet, y los Hugo, y los demás infames!” –; le ha dado un sentido católico –y, por tanto, universal– de la existencia; y ese don él lo renueva a su vez con el nacimiento de su hija: “Como ningún hombre es de sí mismo, no es tampoco para el mismo” /… / El hombre [crea] al niño que no es para él, y el espíritu / La palabra dirigida a otros espíritus.” El poeta acaba por entregarse de manera jubilosa a la tierra nutricia: “Así como yo he recibido alimento de la tierra, que ella reciba a su vez el mío tal como una madre de su hijo.”
La cuarta oda, La musa que es la Gracia, tras una presentación, se organiza como una alternancia de estrofas y antiestrofas correspondientes a la voz del poeta y a la de la Gracia. Ante el requerimiento de la Musa, él le pide que le deje, le recuerda la alegría divina y su deber de santificación. El poeta se vuelve hacia la tierra; hay una evocación del amor carnal: “¡Aléjate un poco de mí! ¡déjame hacer un poco lo que quiero!” La Musa le insiste: “¡No quiero que ames a otra mujer más que a mí /… / Y jamás serás viejo para mí, sino que siempre serás joven y bello, hasta que seas conmigo un inmortal.” Y sigue, con intención de covencerlo: “Para transformar el mundo no necesitas ni el azadón ni el hacha, ni la paleta de albañil ni la espada. / Sino que te basta mirarlo solamente, con estos dos ojos del espíritu que ve y que oye.” Mas él se resiste, y declara que su misión no es la de vencer –“Ni vencer, sino no ser vencido” –, o sea, “resistir”. Pero la contestación de la Musa es amenazante: “Si no quieres aprender de mí la alegría, aprenderás de mí el dolor.”
La tensión dialógica va en aumento, y el poeta exclama al ser requerido con tanta insistencia: “¡Oh idea de mi mismo que eras antes que yo!... ¿Qué exiges de mí? ¿Acaso debo crear el mundo para comprenderlo?” Pero su interlocutora se revela: “Me llamas la Musa y mi otro nombre es la Gracia.” Y continúa: “No eres tú quien me ha escogido, soy yo quien te escogió antes de que nacieras. /… / No intentes darme el mundo en tu lugar, / Pues eres tú mismo lo que yo pido.” Para concluir: “Como la palabra ha sacado todas las cosas de la nada, a fin de que mueran, / Así tú has nacido para que puedas morir en mí.” Mas, en el epodo, el poeta va a descartar la tentación mística, y devuelve, con consternación, al “hijo de la tierra” a su condición: “¡Desesperadamente me vuelvo hacia la tierra! /… / Quien ha amado el alma humana, quien una vez estuvo compacto con otra alma viviente, ha quedado preso para siempre.”
La quinta oda, La mansión cerrada, es un canto a la comunión en la fe católica con todos los seres vivientes. Inicialmente, hay un reproche hacia el poeta: “Vives completamente solo como un varón en tu gran mansión cuadrada.” La guardiana del poeta responde: “Tu interés ya no está fuera, sino en ti mismo;… ya no tienes que buscar fuera tu deber, sino en ti mismo llevas tu necesidad”; y añade: “El corazón de ellos está vuelto hacia fuera, pero el vuestro está vuelto para dentro hacia Dios.” La clausura le es necesaria, debe ordenar su vida hacia el interior. La luz está en el interior y las tinieblas fuera. Su deber es la contemplación de La Mansión Cerrada, donde todo se vuelve hacia el interior y cada cosa hacia las otras siguiendo el orden de Dios.
El poeta le contesta a su guardiana (que simboliza la fe religiosa): “Ahora ya no tengo más [pasión] que la de la paciencia y la del deseo / De conocer a Dios en su fijeza”; reconociendo que “Quien hace mucho ruido se hace oír, pero el espíritu que piensa no tiene testigos.” La palabra es fruto de la revelación: “El Verbo de Dios es Aquel en el cual Dios se ha hecho al hombre dable.” Y le pide al Señor ser entre los hombres: “Como un sembrador de silencio, como un sembrador de tinieblas, como un sembrador de iglesias.”
Cantará a las grandes Musas cuadradas, las Virtudes Cardinales (en oposición a las nueve musas paganas). Describe cada una y la ubicación en su alma: Prudencia en el norte, Fortaleza al mediodía, Templanza en el oriente y Justicia que mira a Occidente. A la luz de estas virtudes, afirmará: “Veo ante mí la Iglesia Católica que es de todo el Universo”; “Todo es mío, católico, y no estoy privado de ninguno de vosotros.” Así se siente el poeta en comunión con las almas, el firmamento, la naturaleza. Por eso alerta  –“¡Escuchad el grito lastimoso de los muertos!”–, pero sabe que para ellos existe el consuelo: “El ángel de las mejillas besadas se dirige ya hacia el pueblo difunto con el vaso de oro que ha tomado del altar, / Lleno de las primicias de la cosecha terrestre.”
Como poeta posterior al simbolismo, pero fiel a su influencia, su poesía está dominada por la analogía, de tal forma que diferentes planos se relacionan entre sí, en una comunión universal de trascendencia y naturaleza (lo espiritual y la existencia). Lo mismo ocurre con los símbolos, que se significan en las metáforas frecuentes empleadas por Caudel; baste señalar: el Espíritu, el Agua, más también, el hombre, el poeta, etc. La pluralidad de significados enriquece el sentido de una poesía que se va generando a la par que busca descifrar el misterio del existir y su trascendencia ulterior. Y todo ello con la musicalidad de quien conoce bien no sólo a los clásicos sino también la liturgia religiosa (lo enfático, el versículo, los cantos, etc.); o consiguiendo que, mediante el lirismo y la expresividad, la embriaguez pagana adquiere un sentido católico (la Musa que deviene la Gracia).  
En estas composiciones, Claudel retoma temas de su producción anterior –sobre todo la dramática– como el amor, la esposa, el niño (alabará el sacramento del matrimonio que sublima el deseo de una relación verdadera con Dios), la oración y la comunión, el agua en tanto que símbolo universal y principio de disolución. El poeta encarnará desde el mero hombre hasta el esposo y padre –incluyendo una función sacerdotal– para conseguir que todo lo que le debe al Espíritu (la mujer, la hija, la vida…) tenga un sentido católico, de comunión universal en Dios, como muestra la referencia a la misa en La mansión cerrada. Las odas son pues un canto de celebración ofrecido a Dios, que también supondría un canto de amor a la vida. 

© Copyright Rafael González Serrano

lunes, 2 de noviembre de 2015

Paul Claudel: Cinco grandes odas (1)

Paul Claudel nace en 1868 en Villeneuve-sur Fère y muere en París en 1955. Fue autor de obras de teatro como La anunciación a María (1912, segunda versión de 1948), El zapato de raso (1929) o Juana de Arco en la hoguera (1939), y de poemarios como Conocimiento del Este (1900), Cinco grandes odas (1911), El camino de la cruz (1911), Poemas de guerra (1922), Hojas de santos (1922) o Los rostros radiantes (1945). Además, es autor de innumerables libros en prosa (ensayos, memorias, correspondencia…).
Como otros poetas post-simbolistas, reaccionó frente al positivismo imperante, concibiendo la tarea poética como profética, desveladora de los grandes enigmas de la existencia y buscadora de analogías cósmicas. Mas Claudel no encuentra su impulso en el azar, la nada o la locura, sino en la religión (aunque el mismo reconociese la deuda para con Rimbaud, al que consideraba un místico salvaje). Mas si los Rimbaud o Baudelaire se basaban en un simbolismo sensorial para encontrar la unidad del universo, Claudel pretende hacerlo mediante un simbolismo espiritual.
Encuentra su inspiración el arte sacro, la Biblia, los clásicos grecorromanos, los Padres de la Iglesia o la liturgia católica. Su poesía es enormemente musical, pues incluye elementos sonoros, en casos solemnes, propios de los cultos religiosos, como plegarias o tedeums. Para su intencionalidad poética, modelará adecuadamente el versículo convirtiéndolo de este modo en un verso narrativo o explicativo. En esos versículos no deja de introducir todo tipo de recursos estilísticos como metáforas, comparaciones, imágenes, símbolos, yuxtaposiciones, dislocaciones sintácticas, etc.
Claudel escribió sus Cinco grandes odas entre Paris y China (país al que fue destinado por su labor diplomática). Aparecidas en 1911, su redacción está fechada entre 1900 y 1908. A cada una de las odas, tras el título, le antecede un argumento donde se sintetiza, con intención orientadora, cuál será el contenido del poema, los temas tratados, la finalidad del mismo, etc. La primera oda lleva por título Las Musas, y está escrita entre 1900 y 1904. Las siguientes se denominan: El espíritu y el agua (de 1906), Magnificat (1907), La musa que es la Gracia (1907) y La mansión cerrada (1908).
La primera de las odas, Las Musas, parte de la observación del friso de un sarcófago en el Museo del Louvre. Va citando a diversas musas y sus cualidades: Clío, Talía, Mnemósine, a la par que describe su labor en tanto que poeta: “¡Oh alma mía, el poema no está hecho de estas letras que yo hinco como clavos, sino de lo blanco que se queda sobre el papel”. Si ha citado a las musas respiradoras, también lo hará con las musas inspiradas: “Tú no eres la que canta, tú eres el canto mismo en el momento que se elabora”. El sentido religioso le ofrece una respuesta ante el vacío del mundo –“no busques el camino, busca el centro”–, el encuentro con las cosas –“así como el Dios santo ha inventado cada cosa, tu alegría está en la posesión de su nombre”–, le permite que pueda nombrarlas y, en cierta medida, ser también su creador: “Profiriendo el nombre de cada cosa, /…/ Participaste de su creación, cooperaste en su existencia”.
Pero la amante (puesto que en esta oda se halla presente Rosalie, a la que ya incluyó en alguna otra creación bajo el nombre de Ysé) le requerirá. Esa amante que ha sido transportada del resto del mundo y de la destrucción que le acompaña, le llama: “¡Tómame, puesto que no puedo más!”. El poeta se da cuenta de su estado: “Miré y me vi solo de repente. / Desligado, rechazado, abandonado, / Sin deber, sin labor, fuera, en medio del mundo, / Sin derecho, sin causa, sin fuerza, sin admisión”. A pesar de ello, la oda acaba con la explosión del mundo contemplado por una pareja adúltera. Puesto que “despegados de la tierra, estábamos solos el uno con el otro”, eso le permite, dirigiéndose a ella, exclamar: “Tu misma, amiga, tus grandes cabellos rubios al viento del mar, /… / ¡Oh amiga mía! ¡Oh musa en el viento del mar! ¡Oh idea desmelenada en la proa”.
En la segunda oda, El espíritu y el agua, se manifiesta el sentimiento de culpa por el amor adúltero tenido con Rosalie: “Oh amiga, yo no soy un dios, / Y no puedo compartir contigo mi alma y tú no puedes tomarme y contenerme y poseerme”. El agua constituye un símbolo del Espíritu: “El agua / Siempre viene a encontrar de nuevo al agua, / Componiendo una gota única”. El poeta afirma que “hago el agua con mi voz”, y de esta forma “hago palabras eternas”. Hace referencias a la creación y la separación de las aguas, así como a la calidad de nutriente del agua de lluvia. El espíritu liberta el agua en todas las cosas, ilumina y clarifica.
Y aunque los mortales estemos separados de Dios, estamos religados a Él por el espíritu o el agua, sostiene el poeta, que rechazará el agua de los mortales porque anhela la mar “eterna y salada”: “¡Dios mío, tened piedad de estas aguas deseantes!... ¡tened piedad de estas aguas en mí que mueren de sed! /… / ¡Que cese yo enteramente de ser oscuro, /… / Saca al fin / todo el sol que hay en mí y la capacidad de tu luz!” Mas, gracias a la intervención divina a la que apela, exclama, “¡Yo no moriré, pues soy inmortal!”. Y profiere en un éxtasis final: “¡Ahora brotan con fuerza / Las partes profundas, brota mi alma salada, prorrumpe en un gran grito el saco profundo de la pureza seminal!” Todo será claridad y conocimiento: “¡El verbo inteligible y la palabra “expresada” y la voz que es el espíritu y el agua!”. 

© Copyright Rafael González Serrano

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