jueves, 14 de abril de 2016

Valery Larbaud: Poesía de A.O. Barnabooth

Nace Valery Larbaud en Vichy en 1881. Hijo de una acomodada familia, se licenció en Letras. Viajó por Europa, y en 1908 publica su primera obra Poèmes d’un riche amateur, atribuyéndosela a A. O. Barnabooth. Archibald Olson Barnabooth sería un poeta nacido en Campamento, provincia de Arequipa, pero apátrida, inmensamente rico y viajero empedernido. Este personaje fue uno de los heterónimos utilizados por Larbaud. En 1913 publica A. O. Barnabooth. Otras obras publicadas fueron la novela Fermina Márquez (1911), los relatos de Amantes, felices amantes (1921) o Este vicio impune, la lectura (1925). Tradujo del inglés y del español. Aquejado en 1935 de una hemiplejia, que le impide incluso hablar, queda recluido en su casa de Vichy, donde fallecerá en 1957.
La Obra completa de A. O. Barnabooth consta del cuento El pobre camisero, de las Poesías y del Diario íntimo. Las tres secciones están íntimamente relacionadas pero, por razones obvias, nos centraremos en los Poemas. También en ellos, Larbaud realiza un doble juego de ficción. No sólo ha creado al personaje de Barnabooth sino que también el editor del libro es ficticio, Xavier Maxence Tournier de Zamble, y a él dedica y envía la segunda parte de sus composiciones Barnabboth (aparecido ya en 1908, es decir, con varios años de adelanto al Álvaro de Campos de Pessoa). Los Poemas están divididos en dos partes: la primera consta de varios poemas, Los borborigmos, y la segunda es una extensa composición dividida en once poemas, titulada Europa.
Los borborigmos es el título irónico que utiliza Larbaud para la primera sección del libro, y ya en el poema Prólogo los define: “¡Borborigmos!, ¡borborigmos!... / Gruñidos sordos del estómago y de las entrañas, / lamentos de la carne modificada sin descanso, / voces, cuchicheos orgánicos irreprimibles, / voz, la única voz humana que no miente, / e incluso persiste algún tiempo después de la muerte fisiológica / … / ¿Existirá también en los órganos del pensamiento, / inaudibles por el grosor de la cavidad craneana? / Al menos, he aquí unos poemas a su imagen…”
A pasar de su singularidad, el protagonista de los versos siente una identificación, no exenta de cierto distanciamiento, con respecto a los otros: “He andado ente la masa con delicia, / pues yo mismo y mis deseos somos masa. / … / Y si en algo, ¡ay!, me distingo de vosotros / es porque veo, / … / infamada, ignorada, proscrita, / diez veces misteriosa, / la Belleza Invisible” (Lo innombrable). Plasma así esa antítesis entre pertenecer a la élite pero también sentirse pueblo. Y en El don de sí mismo, quiere ofrecerse a los demás, aunque es consciente de estar abocado a la absoluta soledad: “Tomad cuanto soy: el sentido de estos poemas, / no la letra, sino lo que aparece a mi pesar a su través”, aunque “adonde quiera que yo vaya /… / me encontraré siempre /… / el incolmable Vacío, / la inconquistable Nada.”
Existe una constante reivindicación de la cultura y de la ciudad, siendo está el culmen de esa cultura occidental, permitiéndose incluso despreciar lo natural: “Desprecio los países coloniales, dueños sólo / de la maravilla de su naturaleza, que no han sabido / ni tan siquiera procurarse un Teócrito. / Me asquean los días pasados en hamacas, / con ropa de lino, en ciudades sin tiendas; / me asquean la caza de fieras salvajes, los regios / palacios de la India y las ciudadelas de Australasia, / donde no hacía más que pensar en ti, en ti, Europa. / ¡Porque en ti, ente la niebla, viven las bibliotecas!”
Todos los elementos de la civilización se hallan presentes: ciudades, puertos, transatlánticos, trenes, los objetos exquisitos y los refinamientos culturales. Ya, desde el inicio dedica una oda –precisamente su poema Oda– al tren (de lujo que recorre Europa): “¡Préstame tu ruido inmenso, tu inmensa marcha tan dulce, / tu deslizar nocturno por Europa iluminada, / oh tren de lujo! / … / prestadme , oh Orient Express, Sud-Brenner-Bahn, prestadme / vuestros milagrosos ruidos sordos, / y vuestras vibrantes voces de reclamo.” También dedica, en el poema I de la sección Europa,  un canto al faro que ve en la aproximación del transatlántico a la costa: “Gira su cabeza de fuego en la noche, gigante derviche, / y con su vértigo luminoso / alumbra los senderos del campo, los setos en flor, las chozas…” Y en el III, es Europa en todos sus aspectos la protagonista: “¡Europa!, satisfaces los apetitos ilimitados / del saber, y los apetitos de la carne, / y los del estómago, y los apetitos / indecibles y más que imperiosos de los Poetas, / y todo el orgullo del Infierno.”
El libro es una nostálgica evocación de Europa, la de el rico heredero Barnabooth, que mira a Europa como un extranjero que la ha hecho suya, lo mismo que ha hecho propios a esos objetos, por lo general lujosos, que se presentan como los asideros de la memoria, si bien que a la par son un testigo del paso ineludible del tiempo. Mas ese personaje ficticio, como americano que es, conoce las grandes extensiones: “En Colombo o en Nagasaki yo leo los Baedekers / de Austria-Hungría o de España y Portugal; / … / ¡Y vosotros, puertos de Istria y de Croacia, / orillas dálmatas, verde y gris y blanco puro!”
Porque en los versos de Larbaud hay una clara manifestación de su búsqueda de lo absoluto, espacial y temporal. Aunque en el citado poema III de Europa insista en que: “para mí, Europa es igual a una sola ciudad inmensa / llena de provisiones y de placeres urbanos, / y el resto del mundo / me parece campo abierto por el que corro, / sin sombrero, contra el aire, lanzando gritos salvajes”; y, aunque en Mi musa afirme que “canto lo que es Europa, sus teatros, sus ferrocarriles, sus constelaciones de ciudades”, también confiesa: “¡Versos míos, dorados versos, poseéis la fuerza / y el ímpetu del paisaje y del bestiario tropicales, / la absoluta majestad de las montañas nativas, / los cuernos del bisonte, las alas del cóndor!” Reconoce también que sólo los grandes espacios puedes saciar esa sed de absoluto.
El hombre rico que era el autor, culto y exquisito, recluido en sus posesiones, da vida a un alter ego (si cabe, muchísimo más rico). Confiesa que por su abundancia de medios le está vedado el Mal –tanto como el ser considerado por los demás como provisto de espíritu y talento–. Por ello, reivindica también la experiencia del dolor y la abyección: “Dadme la visión de todos los sufrimientos, / dadme el espectáculo de la belleza ultrajada, / de todos los actos deshonestos y todas las ideas viles / ... / Quiero ir más lejos que nadie en la ignominia y la reprobación.” (L’ eterna volutta).     
El escritor, en esta obra y por medio de su personaje, muestra su deseo de saber todo (“¿No será que tengo hambre de lo desconocido?”, Nevermore), de leer todos los libros, de conocer todas las lenguas (de hecho, él dominaba, además de su idioma, el alemán, el inglés, el español, el italiano), de ser, en definitiva, un cosmopolita del espíritu. Y ese ansia de conocimiento total está tan espoleado como acechado por la certeza de que todo proyecto que pretenda perpetuarse en el tiempo está precisamente condicionado por él y condenado al olvido. Esa consciencia de estar sometido a lo apodíctico de la esencia del hombre paradójicamente es su impulso motriz, y no, como alguno ha propuesto –Alvaro Mutis– que es un sentimiento de exilio, de estar fuera de su mundo, lo que le aboca a la angustia, que alejará volviendo a su tierra y su gente. Olvida el colombiano que, tras el personaje “americano”, está el francés y muy europeo Larbaud.

© Copyright Rafael González Serrano

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