jueves, 23 de junio de 2016

José Luis Zerón Huguet: De exilios y moradas

Nuevo libro de José Luis Zerón, De exilios y moradas, y nueva apuesta por una poesía iluminativa y totalizadora. Ya el título nos remite a una especie de tratado por ese “de” inicial (y no sólo con resonancia medievales, como apunta el prologuista, sino también clásicas: baste recordar, por ejemplo, el De rerum natura). El “exilio” y la “morada” como elementos contrapuestos pero necesariamente complementarios. Se enmarca así el texto entre  el alejamiento obligado o voluntario de la propia morada (sea simbólico o fáctico), y la residencia íntima y continuada en ese lugar habido por propio.
En el libro habitan resonancias místicas y teresianas (esas moradas a través de las cuales se aspira a la comunión con el Uno). Sí, puede que un misticismo laico –valga el oxímoron–  como se encarga el autor de manifestar en la apelación que es la Oración a Juan de la Cruz (elidido el San), donde, en anafórica pregunta, insta al poeta abulense para que le de las claves de lo que reside “más allá de la espesura”.
El poemario se articula en cuatro partes y un proemio. In límine, la figura terrible de Moloch, dios sediento de sangre al que los judíos y púnicos (Cartago), ofrecían en sacrificio, el tofet, a los niños recién nacidos para aplacar su ira: “Todavía su violencia / nos exige sacrificios / y nos abandona / hundidos en el vértigo / que la sangre alimenta.” Porque el dolor también nos constituye –de ahí, el referente–, y por ello nos obstinamos en permanecer en el umbral de la herida, “esclavos e insumisos / del olvido y la memoria”, doble y nueva asociación de contarios.
El tema del exilio aparece ejemplarizado en diversos poemas con obvios protagonistas: Prometeo, exiliado en el Mar Negro, sometido a la incesante tortura del “ángel-águila” devorándole las entrañas, lamentándose de ese eterno retorno, de la repetición de su condena (Prometeo encadenado); o las Danaides –hijas del exiliado Dánao en Argos– penadas a llenar un barril sin fondo: “sed de ocasos / nunca saciada.” O, incluso, en el hijo pródigo, como símbolo también del viaje y, por tanto, del exilio, aunque ese fugitivo sepa “que no hay huida posible”, y tenga que retornar habiéndolo perdido todo en los caminos.
El poeta nos confronta con el “ruido del mundo”. En La danza de Shiva (dios hindú de la destrucción y, precisamente por ello, de la transformación), son de nuevo los contarios los que se armonizan: “No hay quietud sin movimiento, / ni silencio sin alboroto.”  Esa inseguridad del ámbito externo donde nos afanamos es la que genera el abismo que amenaza con devorarnos: “No hay lugar seguro / ni centro, sólo fauces” (Aún somos). Y en una enumeración que conduce al acabamiento, se intuye lo terriblemente ineludible: “Presientes la llama, la brasa, la ceniza” (Alto voltaje).
La perdurabilidad transita los poemas de la sección Le dur désir de durer. Es el ansia de trascenderse aún a sabiendas de su inviabilidad. O de participar en la génesis de un espacio propio: “Busco un lugar donde vivir en la negación de las respuestas” (De noche), pues aunque haya una búsqueda de respuestas ante los enigmas, refutarlas es la única estrategia para no caer en la complacencia. Otra táctica sería experimentar la confluencia con todo lo que es y lo que no es: “Hoy existo en todo lo que existe / y muero en todo lo que muere” (Ubicuo). Pero la apuesta por la Vida es tan arriesgada como concluyente e inefable en su manifestación: “Cualquier nombre resulta inexacto / para definir aquello que nos acaricia / mientras nos destruye.”  
El hallazgo y la pérdida, que son en definitiva las guías sobre los que se desliza el sentimiento amoroso, hallan también su “morada” en estos versos. De ahí que el poeta explore el amor y su posibilidad, la compleja conflictividad entre la presencia y la ausencia. Muestra de ello son varios extensos poemas de tono elegiaco. Y de pérdida trata el poema sobre Orfeo, aunque la palabra cumpla aquí la misión de restituir esa pérdida: “puedo darle ser en el ser de la palabra” (El desconsuelo de Orfeo).
Porque precisamente en la palabra reside tanto la salvación como el peligro. Está la necesidad de decir, de nombrar lo que se fuga: “Déjate nombrar, /... / palabra no dicha”, y así buscar el significado –“dale un sentido a mi afán estéril”–, pues intuimos que hay un más allá del lenguaje, la condición última de la realidad más radical. El no-decir remite a lo inexplicable, no ya sólo racionalmente sino incluso metafóricamente, lo misterioso –o numinoso– que quizá sólo habite en el silencio.
Pero la exploración del lenguaje es una posibilidad, un envite en el arriesgado juego de la vida. De aquí que José Luis Zerón escoja muy a conciencia los términos que desafíen al abismo de la página en blanco mediante el uso de un lenguaje sustantivo y esencial (“vida”, “luz”, “ruina”, “llama”, “duda”, “tiempo”, “muerte”, “mundo”, sueño”, “miedo”, “anhelo”...), lejos de vencidas expresiones de un presente ruinoso, o trivialidades con la espuria vocación de vanas provocaciones. Y a la par que el decir, el mirar aliado; el mirar el mundo con el lenguaje de la intensidad (Miro el mundo). Porque el decir, el nombrar, el ponerle palabra a lo indefinible, responde a esa necesidad de “conjurar a la muerte”.

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