jueves, 19 de octubre de 2017

Zbigniew Herbert: Informe desde la ciudad sitiada

Zbigniew Herbert publica Informe desde la ciudad sitiada en 1984. Fue un poeta y escritor polaco nacido en Lwów en 1924 (ciudad de Polonia que pasó a ser la actual Lvov, en Ucrania, tras la Segunda Guerra Mundial). Recibe su formación de manera clandestina en la Polonia ocupada. Hasta después de la muerte de Stalin no comienza a publicar sus libros. En 1956 sale su primer poemario, Cuerda de luz. Luego vendrán Hermes, el perro y la estrella (1957), Estudio del objeto (1961), Don Cógito (1974) o, la posterior al Informe, Elegía a la partida (1990). Es también un prolífico autor dramático, así como un agudo ensayista con títulos como Un bárbaro en el jardín (1962). Murió en Varsovia en 1998.
Informe desde la ciudad sitiada y otros poemas (que así es su título original), en su versión española padece la amputación de poemas pertenecientes a su primera edición y la inclusión de otros anteriores en bastantes años, puede que al amparo de ese abarcador “…y otros poemas” (en una interpretación quizá bastante libérrima). Nos basaremos pues –no nos queda otro remedio– en esta edición en español.
El poema central del libro es una meditación sobre la opresión, la conciencia ética y la libertad personal. Consta de cincuenta y nueve largos versos libres entre los que hay versos individuales y agrupaciones de versos en estrofas irregulares. Se inicia con el hablante relatando cómo él: “Demasiado viejo para llevar las armas y luchar como los otros– / fui designado como un favor para el mediocre papel de cronista” Marca así una secuencia de hechos que van sucediéndose a lo largo de siete días. Describe con objetividad: “evito comentarios las emociones mantengo a raya escribo sobre hechos”; narra sus observaciones: “al atardecer me gusta deambular por los confines de la Ciudad /… / escucho el tronar de los tambores los alaridos bárbaros / en verdad es inconcebible que la Ciudad todavía se defienda”.
El poema tiene un cariz en buena medida pesimista, pues vaticina una futura derrota de esa Ciudad –“el asedio continúa los enemigos deben ser reemplazados / nada les une excepto el anhelo de nuestra destrucción / galos tártaros suecos huestes del César…–, abocando así la existencia humana a la soledad (“a quienes alcanzó la desdicha están siempre solos”). Aunque también la esperanza se puede encontrar en que haya un solo superviviente: “si cae la Ciudad y uno solo sobrevive / él portará consigo la Ciudad por los caminos del exilio / él será la Ciudad.” Concluye, no obstante, que cualquier anhelo de salvación frente a la opresión y la injusticia está en los sueños: “sólo nuestros sueños no fueron humillados.”
Esa Ciudad es el núcleo fundamental de los valores que todo ser humano lleva; los que renuncian a la lucha frente al asedio externo no poseen conciencia de los principios esenciales de la libertad. Aunque la Ciudad pueda ser entendida en un sentido genérico y simbólico –como ese foco primordial de las virtudes que todo hombre porta–, también subyace, y es claramente identificable, un alegato crítico contra la ley marcial impuesta por el régimen socialista en 1981 a los polacos. Esa Ciudad no sólo es Varsovia –o Polonia–; pero también lo es.       
En el poemario aparecen también otros motivos recurrentes en la obra de Herbert. Tal es la referencia a los elementos históricos –y mitológicos–, así como la presencia de esa figura mitad alter ego mitad método de distanciamiento del propio autor, que es Don Cógito. La Historia –o la Mitología–, por medio de los personajes rememorados y los acontecimientos narrados, son un instrumento para comprender el momento presente. En esa Historia el mal abunda y, por ello, desenmascararlo es una forma de enfrentarse o, al menos, resistirse a él. Mas no sólo ofreciendo una actitud que reivindique un sentido ético (lo cual implicaría cierta visión idealista), sino también mediante la aplicación de un método de contraste irónico, tal y como hace Herbert.  
Esto se observa en composiciones como El Divino Claudio o Habla Damastes apodado Procusto. En la primera, establece una semblanza del emperador que, entre el cinismo y la autoburla, reivindica su figura: “durante años representé el papel de zoquete / los idiotas viven más seguros”; se jacta de su formación, tanto la culta como la recibida en tabernas y lupanares; y duda de sus crueles decretos: “al parecer / ordené ejecutar /  a treinta y cinco senadores.” Para concluir alardeando de haber añadido al alfabeto dos nuevas letras: “amplié las fronteras del habla esto es las fronteras de la libertad.” Procusto rechaza el calificativo de asesino pues “en realidad fui un erudito reformador social / mi verdadera pasión fue la antropometría”, y añade con desfachatez que: “la meta era sublime el progreso exige víctimas.” Porque los tiranos justifican sus crueldades en nombre de los logros prácticos o los nobles ideales (o totalitarios proyectos: así Procusto lo que deseaba era “a una humanidad asquerosamente heterogénea conferir una forma única”).
Don Cógito es ese filósofo escéptico que, a pesar de ser consciente de lo imposible de su tarea, intenta darle un sentido lógico a las cosas, descubrir la verdad que subyace bajo la supuesta realidad que trata de confundir sustancia y apariencia. En El alma de Don Cógito, con tono melancólico, expresa cómo, ante el regreso de su alma: “la mira de reojo / cuando se sienta frente al espejo / y sus cabellos cepilla / enredados y grises.” Y en El monstruo de Don Cógito precisamente reta al monstruo que “destruye la construcción del pensamiento.” Y esa batalla debe darse “antes de que sobrevenga / un sucumbir por inercia / una vulgar muerte innoble.” Deseo de racionalidad frente a la mentira de la falsa realidad, de ese infierno en la tierra. Ya en un poema anterior de esta serie, pero recogido en este libro, plantea precisamente Qué piensa Don Cógito del Infierno (y los que ocupan el más bajo círculo no son sino los artistas, “llenos de espejos, instrumentos y retratos”).
Una de las finalidades del libro de Herbert es, mediante la palabra poética, presentar la crítica  de un mundo en el que reina el terror contra los hombres concretos, violentados en nombre de diversos abstractos totalizadores. En sus poemas siempre se halla presente la perspectiva reflexivo-intelectual –lejos de la impulsividad emocional, y con el frecuente uso del distanciamiento irónico–, marcando el énfasis en los seres humanos y su dignidad, aunque la gente esté atrapada en el engranaje ineluctable del destino. El anhelo de verdad es un motivo crucial de la poesía de Herbert que, en última instancia, va más allá de las preocupaciones meramente sociopolíticas para aspirar al sueño de alcanzar el conocimiento, la claridad del ser. Pretendiendo obtenerlo mediante lo que él mismo definía como la calidad de transparencia semántica: “característica de un signo que consiste en que durante el tiempo en que se usa ese signo, la atención se dirige hacia el objeto denotado y no hacia el signo en sí”.

                                                                                               © Copyright Rafael González Serrano 

miércoles, 7 de junio de 2017

Rafael González Serrano: Cruzar puertas traseras

Al cruzar unas puertas tan físicas como metafóricas aguarda lo desconocido, lo ignorado, si bien que pueda ser lo íntimamente anhelado. De ahí que el autor de este poemario, Cruzar puertas traseras, haya concebido todo un edificio simbólico donde las ventanas, las alcobas, los pasillos, las escaleras, las puertas, etc. no son sino parte de una escenografía. Aquella que presenta al alma aislada y en permanente deseo de comunicación con el otro (una voz, un latido, un tacto, una mirada…), para así alumbrar todo un continente de encuentros, posiblemente irrealizables.
Porque la aproximación y el desencuentro se dan cita en nuestra cotidiana aventura de la vida, pues las expectativas, los deseos, las intuiciones, los proyectos o, incluso, las ilusiones (en el sentido de vanas esperanzas), nos constituyen. Sin embargo, en ocasiones, no nos va a quedar otra solución que la fuga; no una huida fruto de la derrota, sino una partida o viaje a la búsqueda de territorios desconocidos, donde se pueda descubrir un lugar en el que asistir al ansiado encuentro.
La nocturnidad es consustancial a la esencia del libro, pues es dentro de esa noche donde se enmarcan diversos referentes; tanto físicos –como como pueden ser los reflejos en un charco de agua, la mirada a través de un cristal, el sonido de unos pasos–, cuanto espirituales: los íntimos anhelos de un alma tan alerta en la detección de cualquier signo de identidad con lo ajeno, como presta a iniciar la empresa que se le ofrece al cruzar unas puertas, reales y simbólicas, abiertas al hallazgo de lo diferente.     
De esta forma, a lo largo de las distintas secciones del libro de Rafael González SerranoVentanas entornadas, Alcobas paralelas, Escaleras furtivas y Callejones traseros–, la voz del poeta, materializada en los versos, ejercerá de guía para la  singladura por ese edificio que representa tanto lo físico como lo mental y sensitivo del ser en su trato y proximidad o lejanía con lo otro; o para atreverse a una empresa que suponga la búsqueda de ese otro; del que también se podría quizá sospechar que estuviera habitando en uno mismo.

martes, 14 de marzo de 2017

Cesare Pavese: Trabajar cansa (Lavorare stanca)

Al igual que Giorgio Bassani, Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908) es más conocido como narrador que como poeta. Así son célebres sus obras De tu tierra (1941), La playa (1942), Feria de agosto (1944), El camarada (1947), La casa en la colina (1948), El bello verano (1949) o La luna y las fogatas (1950), entre otras obras narrativas, aparte de su diario, póstumo, El oficio de vivir (1952). Mas su obra precisamente comienza con la publicación en 1936 del poemario Trabajar cansa. Luego seguirán otros como La tierra y la muerte (1946) y Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, también publicado póstumamente en 1951. Pavese se suicidará en 1950 en Turín.
La primera edición de Trabajar cansa (Lavorare stanca) data de 1936; se publica en Florencia con un total de cuarenta poemas. En 1943 Pavese vuelve a dar a la imprenta el libro ampliado sustancialmente. Serán ahora setenta los poemas y estará dividido en seis secciones conforme al título de un poema de cada una: Antepasados, Después, Ciudad en el campo, Maternidad, Madera verde y Paternidad. Los temas que se plasman en estas partes son la soledad como una condena vital, la falta de comunicación, el campo como espacio mítico, el deseo y  nostalgia de la mujer, la figura del exiliado, etc.
La primera sección consta de once poemas. Desde el primer poema, Los mares del sur, aparece el tema del parentesco: “Caminamos una tarde por la ladera de un cerro, / en silencio. En la sombra del tardío crepúsculo / mi primo es un gigante vestido de blanco, que se mueve pausado, con faz bronceada, / taciturno.” Refleja la admiración por su primo, marinero y, por tanto, viajero. En Antepasados describe la figura de algunos de ellos, cuyo ideal no era sino “vagar por las colinas, / sin mujeres, llevando las manos cruzadas a la espalda.” La amistad también está presente, como en el poema Gentes sin arraigo, en donde tras afirmar “hemos visto demasiado mar”, se representa a sí y a su amigo bebiendo y soñando con escenas alegres –y no exentas de erotismo–, “podremos encontrar entre viñas / alguna moza morena y /… / comer algo de su uva.” El drama está presente en Luna de agosto donde una mujer se halla impotente ante el cadáver de su marido, mientras “la tierra, oscura, se baña en sangre.” La noche, que cierra la sección, es un poema donde recuerda la calma y serenidad de una noche estival de su infancia.
La segunda parte agrupa quince poemas. El tema fundamental es el de la mujer y cómo concibe Pavese su relación con ella. En el poema Encuentro imagina una mujer ideal –“nunca pude aprehenderla: su realidad / se me escapa”–, para concluir: “La he creado desde el fondo de todas las cosas / que me son más queridas y no alcanzo a entenderla.” En Tierras quemadas recuerda, desde su confinamiento, con nostalgia a las mujeres de Turín. Varios poemas, como Dos cigarrillos o Pensamientos de Deola, las figuras que evoca son las de diversas prostitutas, cada una con sus pensamientos y sus historias, mas con la indiferencia ajena y la soledad, fruto quizá de la independencia: “Estar sola, si le place, /  por la mañana y sentarse en el café. Sin buscar a nadie” (Pensamientos de Deola). En Después recuerda a su amante –“mi compañera estaba tendida junto a mí /... estábamos desnudos”–, entre la alegría por la grata y sensual experiencia y la esperanza de la próxima cita: “Si queremos, podremos encontrarnos.”
Diecinueve poemas constituyen Ciudad en el campo. Los motivos de estos poemas son el trabajo, los trabajadores, los artesanos, mas también algunos personajes marginales (borrachos, mendigos), o niños campesinos desorientados en la ciudad. Presenta con sobriedad y sin implicación emocional a estos seres, mostrando la indiferencia de cada uno hacia los demás, y haciendo hincapié en la soledad esencial de cada cual. Los borrachos protagonizan los poemas El tiempo pasa o Indisciplina, donde el personaje avanza pos la ciudad ante el rechazo de los otros y la indiferencia de la naturaleza. El desinterés hacia los demás de las personas que transitan por la calle está presente en Atavismo. En Trabajar cansa, describe a un hombre que atraviesa una plaza y que toma conciencia de estar solo preguntándose “¿Vale la pena estar solo para seguir siempre aún más solo?” Siente dentro de sí que debería formar pareja con una mujer pues, aunque callejease, “estaría la casa / donde está esa mujer y valdría la pena.” Frente al tono general de la sección –triste e, incluso, amargo– en Retrato de autor el poeta se identifica con un vagabundo y adopta una postura más cínica: su compañero ha conseguido cena y fuma la colilla que le da un mozuelo al que “pongo la zancadilla.”
En Maternidad –del poema cuarenta y seis al cincuenta y cinco– cuenta historias de mujeres y madres que se han sacrificado por sus hijos. El tema general de esta sección es el amor que une a mujeres y hombres en diferentes circunstancias y con visiones que, en ocasiones, difieren. En Una temporada, Pavese relata la historia de una madre que ha parido varios niños y que se ha consumido: “con los años, hasta ella, / que nutrió otros cuerpos, se ha encorvado y quebrado”; y en  Maternidad, un hombre recuerda a la mujer “que esparció sangre suya  / dentro de cada hijo y murió del tercero.” En Un recuerdo no hay hombre que “logre dejar huella / en esa mujer” que sonríe sola con “su más ambigua sonrisa al andar por la calle.” Y en Placeres nocturnos, más optimista, expresa el amor –“un calor nos revolverá la sangre”– que le entrega su mujer al hombre que llega a casa,  y que le infundirá fuerza y valor.
Los siete poemas que constituyen Madera verde versan sobre temas políticos y sociales. Tratan, en general, sobre las injusticias y desigualdades que sufren los trabajadores. En Exterior ofrece la historia de un muchacho que, frustrado por el trabajo en la fábrica, decide abandonar ese trabajo. También la huida aparece en Fumadores de papel, donde un joven llega a la ciudad “para labrarse un porvenir”, mas sólo encontrará “injusticias por doquier.” En Disturbios, tras el levantamiento de algunos obreros, acontece el drama: “El muerto está retorcido y no mira a las estrellas.” En algún poema recuerda su confinamiento en un pueblo calabrés; así en Palabras del político, aunque el tono es de alegría por todo lo que va descubriendo: los peces, las hermosas mujeres, las viñas…
Por último, ocho poemas constituyen el apartado de Paternidad. Están escritos durante su confinamiento (a pesar de no ser un militante político activo, fue desterrado por actividades antifascistas). El tema es la distancia –y la añoranza– de su Piamonte natal. La angustia y el dolor por su exilio se ejemplifican en poemas como Paternidad o Estrella de la mañana (“nada hay más amargo que el amanecer de un día / en que nada ocurrirá.”). Además, en el primero plasma la dualidad del mar: generador de trabajo y sustento para los pescadores mas –frente a la genésica y femenina tierra– símbolo de la infertilidad y, por tanto, de la soledad: “hombre solo ante el inútil mar”; o “el hombre que conoce todo el tedio del mar.”
Interesado más por la situación humana de dolor, desamparo, incomunicación, o la angustia existencial –sin olvidar la injusticia– de los personajes que pueblan sus composiciones –elementos que transitan igualmente la voz del propio poeta– queda confirmado que los motivos del aislamiento y la soledad, la nostalgia de un tiempo pasado y un lugar, el sexo y la vida, son esenciales en la poética de Pavese. Con un tono sencillo, un verso generalmente largo y un estilo directo, sus poemas están fuertemente ligados a la vida cotidiana, a todas las incertidumbres y complejidades de la misma, sin renunciar a los instantes que la misma pueda ofrecer de transitorio goce y plenitud.
Comentario final: La edición efectuada por Visor de las Poesías completas de Pavese presenta relevantes deficiencias. Primero, no ofrece una versión bilingüe (el original no es un texto de complicada tipografía); en segundo lugar, el libro Trabajar cansa se presenta como una mera lista continua y descontextualizada de poemas mezclados sin atender a la clasificación original por secciones; y, por último, el libro carece de prólogo o presentación, notas explicativas, etc., donde aclarar, por ejemplo, por qué se ha escogido una edición –por muy hecha que esté por Italo Calvino– sin secciones y con más de cien poemas (cuando la de 1943 contaba con setenta). 

                                                                                              © Copyright Rafael González Serrano 

miércoles, 25 de enero de 2017

Alexander Blok: Versos de la bella dama

Alexander Blok nació en San Petersburgo en 1880 en el seno de una familia noble y culta. Inicia los estudios de Derecho, que luego abandonará para estudiar Filosofía e Historia. Se enamora de Liubov Mendeléyeva hija del célebre químico Mendeléyev (que investigó en la ley periódica de los elementos), y con ella se casa en 1903. Precisamente su poemario  Versos de la bella dama, de 1904, está dedicado a ella. Es autor de otros poemarios como La máscara nívea (1907), La ciudad (1908), Tierra en la nieve (1909) o Las horas nocturnas (1911). También es autor de obras teatrales como La desconocida (1906), La canción del destino (1908) o La rosa y la cruz (1913). Blok influirá en poetas como Ajmátova, Tsvetáieva, Mandelstam o Pasternak. Inicialmente apoyó la revolución –con su controvertido poema Los doce (1918) originó una gran polémica– para posteriormente renegar de ella. Muere en su ciudad natal en 1921.
Versos de la bella dama ha tenido varias ediciones. En la primera de 1904 constaba de noventa y tres poemas numerados y, sólo algunos, titulados, divididos en tres partes: Inmovilidad, Encrucijadas –en ocasiones, publicada como libro independiente– y Cuarto menguante. Tras su poemario Ante lucem y la colección poética Desde las dedicatorias, este libro culmina lo que sería su primer ciclo poético (otros posteriores serían el de Versos italianos o el de Carmen). En esta obra plasma varios temas fundamentales: el aspecto amoroso y la propia imagen del poeta en tanto que caballero servidor de su dama, el apocalipsis urbano, la desolación o el ocaso del ideal.
En la primera parte predomina la claridad, la blancura: “el horizonte está en llamas. La claridad es insoportable. / Espero en silencio, lleno de amor y angustia” (poema 2); “tú eres blanca, imperturbable en las profundidades” (poema 4). Porque, desde “los templos sombríos”, “espero a la Bella Dama”, la “solemne Esposa Eterna”; pues con su espera anhelante busca dar sentido a su existencia.  En el poema 7, Historia, declara: “Entre sueños de niebla, paso la noche / y la tímida juventud de incontables quimeras. / La aurora se acerca. Huyen las sombras. / Y Tú, Clara, brillante con el sol.” Presiente que ella llegará, transfigurándose.
Mas la espera se prolonga, se demora, mientras permanece en el mundo ideal e intemporal del caballero-poeta: “Espero una llamada, busco una respuesta, / mas el silencio de la tierra extrañamente se alarga” (poema 10). Y mientras tanto “la llama roja se apaga. / Inesperadamente llegan los sueños” (poema 21). En su abstracción renuncia al mundo, a los otros: “No iré al encuentro de la gente, / temo sus injurias y sus elogios”, afirmando que “iré a la fiesta del silencio”. Y en su poesía con voluntad de trascendencia –“espero la luz del universo” –, en su deseo de unión con el todo, rechaza lo mendaz: “Todo lo que respiraba mentira / retrocedió asustado” (poema 28). Al fin, escucha la voz iluminadora de esa mística esposa que le responde: “Te espero, amado mío, / soy tu prometida y será tu esposa eterna” (poema 48).
En la segunda parte aparece la ciudad de San Petersburgo. Es el lugar de los encuentros y distanciamientos amorosos; y también el símbolo de la sociedad real, con toda su modernidad, su carga de crudeza e, incluso, miserias. En el poema 50, Engaño, describe con repeticiones semánticas y paralelismos el espacio que va descubriendo: “Risa, chapoteos. Salpicaduras. Humo de fábricas”; o “La mañana. Nubecillas. Humo. Cubos tirados.” Son entonces las fábricas, las calles, las tabernas o, incluso, los prostíbulos los escenarios de sus versos: “Muros de fábricas, cristales de ventanas”; “en cada muchacha hay una pecadora; / en cada idea, una alcoba”; “las prostitutas contonean en la plaza / sus ardientes caderas” (poema 51).
La urbe va tomando un aspecto apocalíptico: “La eternidad derramó en la metrópolis / un crepúsculo de estaño. / El borde del cielo está deshilachado.”  Y en ese medio el poeta se ve como un “monje negro”, mas también como una figura burlesca, un arlequín (cita expresamente el nombre en el poema 61): “Yo llevaba un traje viejo, / blanco y rojo, y una máscara. / Reía y hacía muecas en las esquinas” (poema 59). Parece que el miedo acecha la cita y el desencuentro: “Me aterra verme contigo, / pero más me aterra no verte. / Todo me asombra, / en todo veo una señal” (poema 64), puesto que su tarea puede que no sea sino una imposición inalcanzable del destino: “Toda mi vida es un Mandato: / el Mandato de servir a la Inaccesible” (poema 72). Aunque también alienta la esperanza de la llegada salvadora: “Pero en el último día /… / Él, profeta sin ley, se levantará /…/ Entonces, entrará con forma de rostro  / en la casa vacía, / y en el espejo sin sombra / aparecerá la imagen del Llegado” (poema 69).
La tercera parte plasma el choque con la cruda realidad de la urbe: “Contemplé la ciega obra de los hombres”; “por doquier despertaban, gritaban, esperando a los mensajeros” [del apocalipsis]; y alguien “comprendió que oscurecía” (poema 76). Incluso se hace presente el derrumbe del ideal amoroso: “Iba corriendo y me caí, / cubierto de sangre rodé /…/ me pareció verte agonizante, / cubierta de sangre, como yo /…/ ¿Es que me he quedado solo?” (poema 77).
El poeta ofrece una visión oscura, nocturna, incluso macabra (abundan términos como “tumba”, “noche larga”, “palidez de nieve”, “monje triste y oscuro”). Predomina la presencia del sufrimiento: “De día nadie se apiada de mí; / de noche, me compadezco de mi dolor” (poema 86). O del mal que habita en su interior: “Sé que tú, Iluminada, no recuerdas el mal / que luchaba en mi / cuando… / te acercaste a mi abismo” (poema 90). ¿Quién le asistirá en ese tiempo del declive y el ocaso? “En la hora en que se embriagan los narcisos /…/ alguien se acerca y suspira junto a mí.” ¿Será Arlequín, o el tú de la amada, o una brisa? “Yo, payaso en la fulgurante rampa, / surjo por la escotilla abierta”; y se retuerce, gira, retumba, mientras su “dulce amiga” duerme “en el columpio de los sueños” (poema 92). Mas declara, al final, que “encontraremos un nuevo torbellino de visiones, / encontraremos la vida y la muerte” (poema 93).
Blok escribe este libro en su periodo simbolista. Por ello, construye el texto como una red de símbolos interconectados. Partiendo del fenómeno trata de acercarse a lo esencial, llegar a lo sublime mediante la belleza poética. Mas también asistimos en sus poemas a un combate lírico entre el Ideal y la fatalidad del Destino o el choque con la Realidad (primera parte frente a las otras dos). Por medio de la escritura libera su mundo interior y así surgen tanto paraísos ideales como visiones apocalípticas, destrucción y dolor. Los encuentros y alejamientos amorosos enmarcan un espacio dinámico y conflictivo que, junto a la confrontación con una realidad hostil, impulsan al poeta anhelante a intentar descifrar y comprender el misterio de la vida y la muerte.
                                                                                                     
                                                                                               © Copyright Rafael González Serrano 

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